Cuando Eshun, la monja zen, tenía más de sesenta años y estaba a punto de abandonar este mundo, pidió a unos monjes que amontonaran madera en el patio.
Se sentó con firmeza en el centro de la pira funeraria y pidió que prendieran fuego alrededor de los bordes.
–¡Oh, madre! –exclamó un monje–. ¿No está muy caliente ahí dentro?
–Una cosa así sólo preocuparía a una persona estúpida como tú –respondió Eshun.
Las llamas se alzaron y la monja falleció.