26.Intercambio de diálogo por alojamiento

Siempre que plantee un debate sobre budismo y venza a los residentes, cualquier monje errante puede alojarse en un templo zen. Si sale derrotado, tiene que marcharse.

En un templo de las tierras septentrionales de Japón, vivían juntos dos monjes hermanos. El mayor era un hombre instruido, pero el menor, además de tuerto, era de cortas luces.

Se presentó un monje errante y pidió alojamiento, desafiándoles como era de rigor a un debate sobre la sublime enseñanza. El hermano mayor, cansado aquel día tras largas horas de estudio, le dijo al menor que ocupara su lugar.

–Ve y pídele el diálogo en silencio –le previno.

Así pues, el joven monje y el forastero fueron al santuario y tomaron asiento.

Poco después, el viajero se levantó, fue a ver al hermano mayor y le dijo:

–Tu hermano menor es una persona admirable. Me ha derrotado.

–Cuéntame el diálogo –le pidió el mayor.

–Verás –le explicó el viajero–, primero alcé un dedo que representaba a Buda, el iluminado, así que él alzó dos dedos, que significaban Buda y su enseñanza. Alcé tres dedos, representando a Buda, su enseñanza y sus seguidores que llevan una vida armoniosa. Entonces él agitó el puño cerrado ante mi cara, lo cual indicaba que los tres salen de una misma comprensión. De este modo ha ganado, como ves, y no tengo derecho a quedarme aquí.

Dicho esto, el viajero se marchó.

El hermano menor llegó corriendo ante su hermano.

–¿Dónde está ese tipo? –le preguntó.

–Tengo entendido que has ganado el debate.

–No he ganado nada. Voy a partirle la cara.

–Háblame sobre el tema del debate –le pidió el mayor.

–Pues mira, nada más verme, alzó un dedo, insultándome al insinuar que tengo un solo ojo. Como era un forastero, pensé que debía ser cortés con él, por lo que alcé dos dedos, felicitándole porque él tenía dos ojos. Entonces ese desgraciado alzó tres dedos, sugiriendo que entre los dos sólo teníamos tres ojos. Así que me enfurecí y me dispuse a pegarle, ¡peró él salió corriendo y así acabó la cosa!