34.Una sonrisa en toda su vida

A Mokugen nunca le vieron sonreír hasta su último día en la tierra. Cuando le llegó la hora, dijo a sus fieles:

–Habéis estudiado bajo mi dirección durante más de diez años. Mostradme vuestra interpretación del zen. Quien lo exprese más claramente será mi sucesor y recibirá mi vestidura y mi cuenco.

Todos miraban el rostro severo de Mokugen, pero nadie respondía.

Encho, un discípulo que había permanecido con su maestro durante largo tiempo, se acercó al lecho y empujó unas cuantas pulgadas la taza de medicina. Ésta fue su respuesta a la orden.

El rostro del maestro se volvió todavía más severo.

–¿Eso es todo lo que entiendes? –le preguntó.

Encho retiró la taza hasta dejarla donde estaba antes.

Una hermosa sonrisa apareció en el semblante de Mo-kugen.

–Pícaro –le dijo a Encho–. Has trabajado diez años conmigo y aún no has visto la totalidad de mi cuerpo. Toma la vestidura y el cuenco. Te pertenecen.