Cuando Mamiya, quien más adelante se convirtió en un famoso predicador, recurrió a un maestro para que le orientara personalmente, éste le pidió que le explicara el sonido de una sola mano.
Mamiya se concentró en lo que podría ser el sonido de una mano.
–No trabajas con suficiente intensidad –le dijo su maestro–. Te gusta demasiado la comida, la riqueza, las cosas y ese sonido. Sería mejor que te murieses. Eso resolvería el problema.
La siguiente vez que Mamiya se presentó ante su maestro, éste volvió a preguntarle cuál creía que era el sonido de una mano. Mamiya se dejó caer al suelo como si estuviera muerto.
–Estás muerto, de acuerdo –observó el maestro–. Pero ¿qué me dices de ese sonido?
–Eso aún no lo he resuelto –replicó Mamiya, alzando la vista.
–Los muertos no hablan –dijo el maestro–. ¡Vete!