Después de que Kakua visitara al emperador, desapareció sin que nadie supiera lo que había sido de él. Fue el primer japonés que estudió zen en China, pero como no mostró nada, salvo una nota musical, no se le recuerda por haber llevado el zen a su país.
Kakua visitó China y aceptó la verdadera enseñanza. No viajó durante su estancia en el país. Se retiró a un lugar apartado, en una montaña, y vivió allí meditando constantemente. Cada vez que alguien daba con él y le preguntaba por la manera de predicar, él les decía unas cuantas palabras y se iba a otra parte de la montaña, donde sería más difícil que le encontraran.
El emperador oyó hablar de Kakua cuando éste regresó a Japón, y le pidió que predicara el zen para su edificación y la de sus súbditos.
Kakua se sentó ante el emperador en silencio. Entonces se sacó una flauta de entre los pliegues de la túnica y tocó una sola y breve nota, tras lo cual hizo una cortés reverencia y desapareció.